Ninguno de los dos se puede apurar.
Los caminos empedrados de Teyuna — la ciudad que los tayrona construyeron en la Sierra Nevada antes de que existiera Santa Marta, antes de que existiera Colombia, antes de que el mundo supiera que este continente existía — llevan más de mil años en pie. No porque hayan sido construidos con materiales extraordinarios, sino porque alguien tuvo la paciencia de colocar cada piedra en su lugar exacto, calcular la pendiente del agua, respetar la curva de la montaña. Nadie los hizo en serie. Nadie buscó un atajo. Y hoy, después de que la selva los tragó durante siglos y los volvió a soltar, siguen siendo transitables.
En el taller de Norma Hana, el smock funciona de la misma manera.
Es una técnica que no se puede delegar a una máquina. No existe versión industrial del smock: cada punto recoge la tela con una tensión específica, calculada por unos dedos que conocen el tejido, que saben cuánto cede y cuánto resiste. Una prenda smock de cuarenta centímetros puede tardar varios días de trabajo continuo. No porque sea lenta la artesana, sino porque el proceso no admite velocidad — igual que no la admitía la mano que colocaba cada piedra en los caminos de la sierra.
Hay una palabra que los kogui y arhuacos de la Sierra Nevada usan para describir su relación con el territorio: “pagamento”. Es el acto de devolver a la tierra lo que se le ha tomado, de mantener el equilibrio entre lo que se recibe y lo que se da. En el taller, aunque sin llamarlo así, el smock es también una forma de pagamento: tiempo devuelto a la tela, atención depositada en cada hilo, una deuda de cuidado que la artesana salda puntada por puntada antes de que la prenda salga al mundo.
Lo que llevas puesto cuando vistes smock de Norma Hana no es solo una técnica decorativa. Es la misma lógica que mantiene en pie los caminos de una ciudad que el mundo olvidó durante siglos: la paciencia como forma de resistencia, el detalle como acto político, la mano humana como la única herramienta que no tiene sustituto.
Ciudad Perdida fue “redescubierta” por el mundo en los años setenta. Llevaba siglos ahí, intacta, esperando que alguien tuviera la paciencia de subir a buscarla.
Algunas cosas buenas solo aparecen cuando uno se toma el tiempo.