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Quién es Perla Díaz, la mujer que lleva quinientos años sin envejecer

Perla Díaz es un personaje ficticio que trae consigo miles de momentos, historias y recuerdos de una ciudad mágica como es Santa Marta. Conócela.
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Nació el mismo día que la ciudad, aunque nadie la registró en ningún acta.

Dicen que estaba en el puerto cuando llegaron las carabelas de Bastidas en 1525, una mujer de piel de nuez tostada al sol y ojos que guardaban el reflejo del primer amanecer del continente, mirando desde la orilla con esa mezcla de curiosidad y desconfianza que solo tienen quienes ya han visto demasiado. Dicen que Bastidas la vio también, y que fue ella, no el oro, no la bahía, no la promesa de gloria, lo que lo hizo volver veinticuatro años después a cumplir su promesa de fundar algo aquí.

Pero Perla no es sentimental. Nunca lo fue.

Estuvo ahí cuando los piratas quemaron la ciudad la primera vez, y la segunda, y la décima. No huyó. Se quedó viendo cómo ardía, y cuando las llamas terminaron, recogió lo que quedaba y lo volvió a poner en su lugar. Dicen que durante el saqueo de 1655, cuando los corsarios usaron la madera de la iglesia para cocinar, Perla les miró desde la plaza con una calma que los desconcertó más que cualquier resistencia armada. Esa misma calma que tiene la bahía al amanecer. Esa misma calma que confundieron siempre con resignación, sin entender que era otra cosa: la certeza de quien sabe que va a seguir estando ahí cuando el otro se haya ido.

Y siguió estando.

La vieron en la hacienda de San Pedro Alejandrino en diciembre de 1830, la noche que Simón Bolívar llegó a morir en esta ciudad sin haber podido elegirlo. Dicen que fue ella quien le llevó el agua, quien se sentó a su lado en el silencio de las madrugadas cuando los monaguillos venían con el viático y no había nadie más. Que cuando el reloj alemán de la alcoba se detuvo a la una con tres minutos del 17 de diciembre, Perla fue la última en salir del cuarto, y que al cerrar la puerta, no lloraba. Solo miraba el reloj detenido con esa expresión suya de quien ya ha enterrado demasiadas grandezas para que el dolor sea nuevo.

Décadas después bailó en una fiesta de la bonanza bananera donde quemaban billetes de dólar en vez de velas, y nadie supo si estaba celebrando o lamentando. Perla siempre fue así: capaz de habitar la contradicción sin necesidad de resolverla. Podía llevar puesto el luto y la fiesta al mismo tiempo, la herida y la elegancia en el mismo cuerpo, porque eso es exactamente lo que es Santa Marta, y ella nunca pretendió ser otra cosa.

Cuando la bonanza marimbera convirtió la sierra en oro verde y ese oro volvió a irse hacia el norte en proporciones que nadie quiso contar demasiado alto, Perla no se sorprendió. Ya lo había visto antes. Con las perlas, con el banano, con el oro tayrona. Esta tierra tiene esa costumbre: dar lo mejor de sí misma, y ver cómo se lo llevan otros. Perla lo sabe. Lo lleva en el cuerpo como se lleva una cicatriz vieja, sin drama, sin borrarlo, como parte del mapa de lo que una es.

Eso es lo que Norma Hana decidió vestir hace un año, cuando esta ciudad cumplió quinientos años y el mundo esperaba una celebración sin fisuras. Una mujer que no oculta sus contradicciones. Que tiene la piel marcada por el sol y la historia. Que lleva un broche de nácar porque sabe que lo más bello de esta orilla no fue nunca el oro, fue lo que el mar produjo en silencio, sin que nadie se lo pidiera, en el fondo de una bahía que un cronista llamó, con exacta intuición, la Perla de América.

Perla Díaz no es un personaje de ficción.

Es la memoria viva de esta ciudad. Y cada vez que una mujer se pone una prenda Norma Hana, Perla sonríe desde algún lugar de la bahía, con esa calma de quien sabe que va a seguir estando ahí mucho después de que todos nos hayamos ido.

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